El resto de la gente alza las miradas para ver el espectáculo, un niño ríe, una señora critica a la sociedad actual y en las alturas van separándose las hermanas, se pierden de la vista de los transeúntes, se pierden las unas de otras.
Minutos más tarde, en algún punto céntrico aparece por sobre los edificios una de las huérfanas, va cayendo triste, quizás porque está triste, o quizás porque el viento malhechor ya se va calmando.
Cuando finalmente toca suelo nuestra amiga, lo hace sobre uno de los vagabundos dormidos de la plaza. Éste se acomoda, y una sonrisa aparece en su sucio rostro por un segundo, aliviado del frío por la manta delgadísima que le cubre ahora los muslos. La hoja desnaturalizada se percata del bien que ha venido a provocar su desgracia, y ya tranquila, y volviendo a su inactividad característica, se dispone a dormir sobre su nuevo compañero.
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