lunes, enero 19

La Máquina (capítulo 4: El Pasado)

¿Dije que Alicia era una niña modelo? No, lo siento. Ella no es perfecta, superior sí, superior por supuesto. Perfecta, nunca.
Es que a la edad de trece, ella ya es una adolescente derechamente, y lo fue desde quizás los once. Alicia no es de cristal, seda y perfumes. Ella es de asfalto, y bien pisoteado.
Quizás partió todo con el descubrimiento del diario de vida de su madre: cumpleaños, viajes, disfraces, golpes, y más que nada, golpes. Todo escrito con una caligrafía perfecta, que daba cuenta del gran carácter de su madre. Alicia leyó cada palabra por lo menos cinco veces, con la esperanza de encontrar algún código que diera alerta de que su vida no había sido tan escalofríante, tan horripilante como aparecía escrita. Lo leía cada día, después de haber estudiado en la biblioteca de la escuela cuanto libro encontrará sobre mensajes secretos, por supuesto, sin éxito.
Fue en octubre, dos meses después del descubrimiento del diario, que Alicia se resignó. Su padre era un asesino, su madre lo había soportado por miedo a que le hiciera algo a ella, su hija, en cuyos ojos veía y creía entender el gran misterio que es Alicia:

Enero 16:
Hoy no ha sido muy diferente de ayer. Mis moretones comienzan a palidecer y tengo miedo de que lo note. Mañana me escapo. Alicia sigue escondida en la alacena, ya van casi diez días desde que le dije que había desapare-

Así concluye el diario, y la infancia de Alicia. Ambos a mitad de oración.

Rec-uérdame

El olor que trae consigo el verano por las tardes le hacía tiritar tanto como el más frío aguacero invernal. La luna comienza a aparecer entre las ramas, las mariposas en su estómago despiertan, desesperadas por aletear:
"Sentado en el parque, todo le parece más lento a uno. Sobre todo cuando te estoy esperando a tí."
Las farolas acababan de encenderse cuando la vio llegar, en su corazón, algo más que atracción latía. Un beso, ¡suéltalo ya, dilo ya! ¿Qué es lo que guarda tu corazón? Te quiero. Dos pares de ojitos enamorados se van perdiendo entre los árboles, y lo único que advierte de su presencia son los suspiros, repartidos por todo el crepúsculo:
"Recuérdame como soy esta tarde. Recuérdame esta tarde para siempre."

sábado, enero 17

La Despedida

- Hijo, apúrate, se nos está haciendo tarde.
He hecho caso omiso a las últimas tres intervenciones del mismo tipo de mi mamá, lo único que ocupa mi mente es mi abuelo, postrado desde hace meses, en la cama. Me acerco a él.
- Hoy es la gran noche - le digo.
- Así veo - ríe, mirándome de arriba abajo - Pásalo bien, olvídate de este viejo por algunas horas, cuando vuelvas me cuentas todo.
- Gracias... Te quiero harto... - me quiebro, es imposible contener las lágrimas, lo abrazo.
- Yo también te quiero mucho - desde Enero que su voz no es la misma, pero en este momento, aunque esté llena de llanto, suena potente, vigorosa. - Ya déjame, no quiero que llegues tarde.
Me alejo de él, y alcanzo a atisbar el dolor en su rostro, luego los dos nos largamos a reir.
- ¿Te ayudo?
Le acomodo las almohadas, lo tapo un poco más con el cubrecamas.
- Fernando, última vez, no quiero llegar tarde, si no nos vamos ahora, simplemente nos quedamos. - dice, casi gritando mi mamá
- ¿Mi tío todavía no llega? ¿No debería estar ya aquí?
- Su bus se atrasó un poco, pero viene en camino, nosotros no podemos esperar más. - me dice mi madre, tratando, en vano, de ocultar su preocupación.
Miro por última vez a mi abuelo, él me devuelve una mirada sonriente, está orgulloso de mí, creo. Me hace señas para que me apure. Le devuelvo la sonrisa.
Sin quererlo, esas últimas miradas fueron la despedida.