viernes, octubre 24

La Máquina (Capítulo 3: La Cosa)

La cosa exuda magia por cada milímetro, la cosa es pequeña para todo lo que contiene y significa (no es más grande que un corazón enamorado, es decir, más o menos... un metro cúbico). La cosa está viva. Quizás no como lo que acostumbramos en nuestro mundo a llamar viva, pero sí respira, sí late, sí se mueve. No se enamorará, pero ha hecho que Alicia se enamore de ella, y eso dice mucho. Esta cosa exige atención. Si la pusiéramos en nuestro mundo, en la montaña más alta, la más escarpada y la más oculta, no podríamos pasar sin mirar a la montaña, preguntándonos maravillados quien ha sido el ser que ha esculpido semejante belleza, sin saber que es una diminuta porción de su tamaño la que despierta tal admiración. No pasaría mucho tiempo antes de que algunos empezaran a escalar "esa" montaña, y al llegar arriba el capaz, después de millones de escaladores muertos quizás, moriría también él de regocijo, sin antes pronunciar las palabras: "Alicia es un ser superior".

La Máquina (capítulo 2: el ático)

Lo primero que noté cuando entré al ático es que éste era de proporciones más grandes de las que un ático debiera ser, las paredes eran de un tono rosa coral desteñido muy raro, rarísimo en una casa como la de Alicia, donde todas las paredes de los cuartos permitidos son de un blanco inmaculado... Me estoy dando vueltas en datos sin importancia, que no nos llevarán a ninguna parte en la historia, así que mejor seguimos.
Lo primero que notó Alicia cuando entró al ático fue la ausencia de un techo cubriendo la habitación. Lo segundo fue la ausencia del ruido que venía sintiendo hace ya varias horas mientras subía las escaleras: la lluvia, que caía sonando estripitosamente en los techos del resto de la casa ahora era atraída suavemente por un pequeño tubo dorado colocado en una esquina de la habitación, y dirigiéndose hacia la tercera cosa en que se fijó la jóven.
La "cosa" era magnífica, de tan elaborada fabricación que Alicia pensó en las complicaciones que le significaría adquirir unos ojos verdes incluso más grandes que los suyos, ya que los había abierto hasta sus límites cuando entró y vio el ático, pero luego decidió que no iba a ser posible, que no existirían en ninguna parte un par de ojos lo suficientemente grandes para expresar lo que esa cosa le hacía sentir.

La Máquina (capítulo 1: introducción a Alicia)

Ella se dormía con el sonido del motor del viejo Wolksvagen de su padre. ¿Y qué no la hacía dormir en un mundo tan poco apto para un ser como ella?
Creció, y se dio cuenta un día del mundo, y quiso llorar, y lloró, y para que sus lágrimas no fueran en vano las juntó en un vaso que luego llevaba a la fuente del jardín para que los pajaros las bebieran. Y ¡que pájaros más bendecidos!, si sólo pudiera yo tocarle la sombra, si su aliento pudiera capturar un segundo.
Alicia siguió creciendo hasta alcanzar la edad de trece, y a sus trece lo decidió: subiría al ático al que le había prohibido subir su padre, en el que él se gastaba horas y horas.
Era un día gris, se podía oler la lluvia entre las piedras , la olían los pájaros (sólo los que habían bebido sus lágrimas) y volaban a refugiarse.
Alicia esperó a que su padre le cantará el cumpleaños con torta de fresas y le diera su regalo: un libro que Alicia seguramente ya había leído en los ojos del viejo (autoayuda) y tuvo que esperar aún más para que éste saliera al trabajo, entonces subió, peldaño, peldaño... Una hora por cada uno, ya que el miedo la consumía, hasta que tocó el pomo de la puerta y ésta se abrió como si hubiera sabido que ella venía.

martes, octubre 14

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Mis ojos se encienden con palabras que no sabes leer.
Sí, el problema soy yo. Te lo grita la gente, te lo grita mi piel.
lo susurran los grillos, ¿por qué no yo también?
sí, debería gritarlo de una vez, pero soy tan imbecil
y como una continuación de lo que pasa por mi mente,
y sin saber qué hace, tu boca al fin grita: También te amo yo
y mis ojos se encienden: "Aprendiste a leer"