Vengo con los ojos vacíos y con los labios llenos. Mis manos van buscando unas manos entre muchas y de tanto que busco se me cansan los pies.
Vengo a ti a decir las cosas que no te alcancé a decir. Te tomo unas manos que no son tus manos. Mi corazón late porque transparente y ciego, agradece a su Dios tenerte al fin aquí.
Mis manos van buscando tu cuerpo entre el que te encontré y tu boca parece que me va creyendo.
Vengo cansado con el corazón quemando y las llamas que se me sueltan por la lengua te van hiriendo esta piel tuya que está aquí, descubriendo ante mis ojos lo que no está aquí.
Vengo a decirte las cosas que no son para ti. Que son para tus ojos si estuvieras aquí. Me miento con las manos una vez más. Sólo por ti. Sólo por ti si estuvieras aquí. Yo sé que vine a mentir.
martes, agosto 23
París
Es otro atardecer en el centro de París. El verano llego temprano este año y el calor toca el corazón para que salga los domingos a llenarse de melancolía.
La vista desde mi piso es la más hermosa y secreta de todas las postales: las ramas altas de los árboles a contraluz enmarcan delicadamente a la torre Eiffel mientras se funde esta con el cielo pintado de pétalos y miel.
La ciudad está encendida, las voces entran con la fuerza que sólo mi lengua madre puede ofrecer. El olor a noche parisina se va tomando mi apartamento.
Yo estoy aquí, solo desde hace un instante, cigarrillo en mano y con el torso desnudo, medio tumbado en la cama sin pensar en ella ni en él ni en ti. Pienso en las luces que se encenderán en unos minutos, pienso en los amantes besándose en cada callejón. Pienso en la noche, ladrona de este dorado momento que quisiera durara para siempre, cómplice eterna de tus andanzas, tus amoríos, de tus arrebatos.
La vista desde mi piso es la más hermosa y secreta de todas las postales: las ramas altas de los árboles a contraluz enmarcan delicadamente a la torre Eiffel mientras se funde esta con el cielo pintado de pétalos y miel.
La ciudad está encendida, las voces entran con la fuerza que sólo mi lengua madre puede ofrecer. El olor a noche parisina se va tomando mi apartamento.
Yo estoy aquí, solo desde hace un instante, cigarrillo en mano y con el torso desnudo, medio tumbado en la cama sin pensar en ella ni en él ni en ti. Pienso en las luces que se encenderán en unos minutos, pienso en los amantes besándose en cada callejón. Pienso en la noche, ladrona de este dorado momento que quisiera durara para siempre, cómplice eterna de tus andanzas, tus amoríos, de tus arrebatos.
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