Es otro atardecer en el centro de París. El verano llego temprano este año y el calor toca el corazón para que salga los domingos a llenarse de melancolía.
La vista desde mi piso es la más hermosa y secreta de todas las postales: las ramas altas de los árboles a contraluz enmarcan delicadamente a la torre Eiffel mientras se funde esta con el cielo pintado de pétalos y miel.
La ciudad está encendida, las voces entran con la fuerza que sólo mi lengua madre puede ofrecer. El olor a noche parisina se va tomando mi apartamento.
Yo estoy aquí, solo desde hace un instante, cigarrillo en mano y con el torso desnudo, medio tumbado en la cama sin pensar en ella ni en él ni en ti. Pienso en las luces que se encenderán en unos minutos, pienso en los amantes besándose en cada callejón. Pienso en la noche, ladrona de este dorado momento que quisiera durara para siempre, cómplice eterna de tus andanzas, tus amoríos, de tus arrebatos.
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